miércoles, 17 de enero de 2018

DIBUJANDO LA EXÉGESIS DE UNA PENA

 Si Dios fuera un simple sustituto del amor,
habríamos perdido todo interés por Él.

C. S. LEWIS

Hemos tenido la suerte, quizá inmerecida, de que la literatura británica nos haya agasajado con un póker único e irrepetible de escritores que al mismo tiempo (como una casualidad que no es tal), poseen una característica común y esencial: el ser católicos y hacer proselitismo de esa condición tanto en su vida como en su obra. Me refiero a T. S. Eliot, J. R. R. Tolkien, G. K. Chesterton y C. S. Lewis, circunscritos al mismo tiempo por una sugerente suerte de iniciales que no puedo dejar pasar por alto.

Gilbert Keith Chesterton
Los cuatro fueron virtuosos y refinados en una literatura que hoy en día sigue latente, desde la poesía de Eliot, considerado ya en vida un clásico, heredero de Dante, Milton, Blake, pasando por alguna de las novelas de Chesterton (que también trabajó de manera minuciosa el ensayo) cuyo protagonista es el Padre Brown, en apariencia una persona inofensiva y que significó el alumbramiento de un personaje genial. A Tolkien hoy lo conoce hasta el que no lee nunca, aunque considero que las películas que han hecho de sus novelas han banalizado de manera alarmante su trabajo. Su obra maestra, El Señor de los Anillos, es mucho más que la primera gran novela de la literatura fantástica: es el lugar en donde se da cita el choque atemporal e inmortal entre el Bien y el Mal y en cuyas páginas subyacen innumerables elementos propios de la teología católica; y como no, C. S. Lewis, íntimo amigo del anterior, en donde sin olvidar sus obras de fantasía, destaca de manera brillante en la apologética.

Lewis / Tolkien
Dos de ellos pasaron del agnosticismo más puro (e incluso del ateísmo) al catolicismo, como es el caso de Chesterton y el propio C. S. Lewis; T. S. Eliot, que aunque nació en EE.UU. sus antepasados eran de origen inglés, y en 1927 se naturalizó ciudadano británico, habiéndose convertido poco antes al anglo-catolicismo; años más tarde pronunció aquella frase tan rotunda que decía: «Soy clásico en literatura, conservador en política y anglocatólico en religión». Y Tolkien, nacido en el seno de una familia baptista, fue convertido por su madre al catolicismo a la edad de ocho años, una conversión reforzada por el sacerdote católico Francis Xavier Morgan, de padre galés pero oriundo de Cádiz, que ejerció como tutor de Tolkien y supuso una notable influencia intelectual y teológica en su obra. 

Mi primer acercamiento a Lewis fue a través de Tolkien, y en estos días, dos amigos de esos que llegan cuando uno se siente ahogado y practicamente derrotado, me han prestado un par de libros de Lewis, entre ellos Una pena en observación, llevada al cine de manera magistral por Richard Attenborough con el título Tierras de penumbra y protagonizada de manera no menos sobresaliente por Anthony Hopkins y Debra Winger. Es un libro corto que aparenta por ello ser simple, pero resulta todo lo contrario, y es como un trozo de carne que hay que masticar una y otra vez hasta que ya por fin percibes que puede ser ingerido, y afirmo esto no de forma peyorativa, sino todo lo contrario: la brevedad de una obra que te deja la sensación de estar frente a la autopsia de una pena que el autor va desgranando ayudado de unas convicciones y una fe inquebrantables que estremecen a propios y extraños.


El librito expone de manera descarnada la pérdida de un ser querido, en este caso la esposa de Lewis, Helen Joy Davidson Gresham, con la que el escritor había contraído matrimonio en 1956 y terminó con la muerte de ésta en 1960. «Dios dónde se ha metido», se pregunta Lewis una y otra vez en las primeras páginas, casi parafraseando la frase de Cristo en la cruz (tomada del Salmo 21): «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»; pero a pesar del duro trance que está soportando, ya en esos primeros momentos del libro deja claro que sigue creyendo y confiando en Dios y establece un paralelismo entre el matrimonio y la religión católica que tiene como nexo el amor.

Sigue relatando el escritor su pena, introduciéndose en ella, escarbando, ahogándose, y dice tras afirmar que no siempre está pensando en Helen, pero «los ratos en que no estoy pensando en ella puede que sean los peores», y habla de las agonías y los momentos de locura que le sobrevienen en la noche, y sigue regalando frases impactantes, como cuando dice que «mi amor por H. y mi fe en Dios eran de una calidad muy parecida», o cuando justifica en cierto modo toda su desgracia y asume con estoicismo el dolor que le desgarra la vida: «Si existe un Dios bienintencionado, será que esas torturas son necesarias».

C. S. Lewis aplica una exhaustiva observación a su pena, la pérdida de su esposa, pero su práctica puede administrarse (yo diría que con más fundamento) a la muerte de los padres, o de un hermano, o más aún ante la pérdida o incluso ausencia de unos hijos. Merece la pena asombrarse con esta lectura y participar de ella.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

UN DIÁLOGO ENTRE MERTON E HILARIO BARRERO

El pasado mes de noviembre ha sido de recogimiento interior por un lado, y a la vez de especial y compleja intensidad por otro, también en lo que respecta a mis lecturas: he terminado varias novelas de Auster y Philip Roth (dos asignaturas pendientes); he leído las conferencias que de Borges se recogen en Siete noches, las poesías completas de Juan Luis Panero y gran parte de la poesía de Raúl Zurita; tengo pendientes un par de libros de C. S. Lewis que me han dejado dos buenos amigos y he releído el Libro de Job, por el que tengo, junto al profeta Jonás, una especial predilección. Y para terminar de enumerar mis últimas actividades, he hecho varias traducciones y he llenado mi casa de cactus (algunos con muchas pinchas) que he pasado de una a otra maceta.


Frente al fuego de una chimenea y con el frío propio de estos días he concluido la fascinante lectura de El signo de Jonás, uno de los diarios de Thomas Merton (1915-1968), monje trapense que ingresó en 1941 en la abadía de Nuestra Señora de Getsemaní (Kentucky) y permaneció entre sus muros veintisiete largos años. Fue casualmente la luz la que al dejar el libro sobre el suelo me regaló esta significativa imagen:


Las páginas del libro son un cúmulo de deliciosas impresiones de la vida austera y bucólica de un monje y su relación e íntima conversación con todo cuanto le rodeaba, y no sólo con el aspecto religioso, también con la poesía y muy especialmente con los poetas místicos (San Juan de la Cruz, Jan van Ruysbroeck...), Rilke, Blake, Eliot... así que me ha sido imposible parar de subrayar los comentarios y hermosas descripciones que realiza sobre la naturaleza y las luces del día y de la noche que este monje trapense tan bien vivó. Merton también me ha evocado al poeta romántico Guido Gezelle (1830–1899), profesor, sacerdote y uno de los padres del flamenco (como diferenciación del neerlandés) que le cantó a la muerte, a Dios y a la naturaleza. 

Pasados los momentos iniciales me embargó por completo la sensación de que no era la primera vez que leía a Merton, pero sí: era la primera vez. Transcurrido medio centenar de páginas ya me percaté del origen de esa sensación primigenia: leía a Merton pero al tiempo leía al poeta y traductor Hilario Barrero (que ganó el premio de Poesía Gastón Baquero con el curioso seudónimo de Arcipreste de Bruklin).

 

Conforme avanzaba mi lectura de Merton, más encontraba a Barrero. Las descripciones de la luz, uno en la campiña y el otro en la gran ciudad; el intimismo en ambos y una asombrosa similitud en estilo y estética desde dos mundos tan apartados entre sí pero que esconden tanto en común; la descripción de los insectos en uno y el comportamiento del ser humano en el otro, hasta que Merton cita a Dickinson y detalla las sensaciones que ésta le suscita, una poeta que es referente en Barrero y atraviesa parte de su obra: «La hermana Jacoba, de Malden, me ha enviado su libro sobre Emily Dickinson. Me siento feliz sumergiéndome en él y hallando una persona –Emily– con mis aspiraciones, aunque en diferente sentido. ¡Ah, si el buen criterio de Emily me acompañara!», dice Merton, que más tarde habla de las abejas de esta guisa: «Estoy aquí rodeado de abejas y escribiendo en este libro. Las abejas son felices y, por ello, silenciosas»; y no puedo sino recordar un poema de Dickinson que el propio Barrero tradujo así:

Para hacer una pradera 
se necesita un trébol y una abeja, 
un trébol y una abeja 
y ensueño. 
Bastará con el ensueño
si las abejas son pocas.



Ahora rescato la fabulosa serie de diarios de Barrero (que tienen lugar principalmente en Nueva York) y los comparo con el de Merton, y comienza a producirse este hermoso diálogo que halla una intensa conexión en la religiosidad de la vida:

–H. B.: Al salir de su casa la luz se ha nublado y parece que va a llover. Dicen que es tiempo de huracanes.
–T. M.: Las nubes negras comenzaron a amontonarse sobre la quebrada.
–H. B.: He vuelto a ver el cuervo sobre el edificio de enfrente. Así, reposando, parecía un bulto negro y deshuesado, sólo unas plumas que brillaban mojadas con la lluvia de la mañana.
–T. M.: Y ahora estamos en plena primavera, y aquí todo es verdor, la luz lo satura todo, los pájaros cantan, y perfuma el aire el aroma de la leña del bosquecillo de cedros que hemos quemado frente a la abadía.
–H. B.: Cae tan a plomo que la nieve es un campo de Castilla con una profundidad blanca y brillante.
–T. M.: Todo era dorado, carmesí, azafranado, y al fondo lucía un limpio azul con tonalidades de aguamarina. 
–H. B.: Por la tarde comienza a nevar. Está la casa cálida, con luz de nieve entrando por la ventana. Huele a pan cocido y a manzanilla.
–T. M.: Contemplo, sentado, los grandes copos de nieve que ya comienzan a caer alrededor de las ventanas como blancas plumas.  
–H. B.: Miro la ventana y es casi de noche y sólo son las seis y media. Una lluvia persistente cae sobre los árboles llenos de vida y la gente que vuelve del trabajo cruza deprisa la calle.
–T. M.: La escarcha ponía en los campos una blancura de acero y cada brizna de hierba parecía rígida como un alambre.

Campos de Getsemaní
¿Quién no ha soñado con sentir y estremecerse con las descripciones de Merton y Barrero? ¡Qué forma tan envidiable de sentir la vida! 

Me espera ahora el libro La montaña de los siete círculos, que mi padre está terminando de leer y me anuncia de su belleza. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

EN EL ABISMO DEL OLVIDO

Fue la revista El Ciervo la que el pasado mes de mayo y tomando uno de mis propios versos reunió una selección de algunos de mis poemas en su famoso PLIEGO DE POESÍA bajo el certero y quirúrgico título «En el abismo del olvido».


Haciendo uso del mismo título, la editorial Cuadernos de Humo (radicada en Brooklyn y dirigida con mimo por el poeta y traductor Hilario Barrero) acaba de publicar un librito que resume perfecta y terriblemente el estado de ánimo de mis últimos tiempos (o bien tengo ahora la sensación que yo mismo lo vaticiné): En el abismo del olvido.

Precipice (2016), Robert and Shana ParkeHarrison
30 páginas. Una primera edición de 50 ejemplares numerados y firmados. Una docena de las hermosas y enigmáticas ilustraciones del propio Barrero: un libro breve aunque con estatus de nuevo poemario. Y llegarán otras publicaciones y otros poemarios, pero difícilmente ninguno será tan hermoso como este; sólo será superado en oscuridad, pues es esta una edición luminosa en cuanto a presencia y oscurecida con mis composiciones, por mi propia vida, ahora que el título y el carácter de esos poemas toman cuerpo y se hacen cruda y pestilente realidad, porque así vivo los últimos tiempos, borracho de dolor y en el abismo de un olvido que me haría un gran favor si terminase engulléndome.


  


lunes, 2 de octubre de 2017

LA BIBLIOTECA DE LOS MUERTOS

En ocasiones, cuando recoloco mis libros, los clasifico, leo, descarto, releo... me imagino con tristeza qué será de ellos pasado un tiempo, cuando irremediablemente yo ya no sea su dueño. Me gustaría pensar que serán para mis hijas, y así lo espero, o que más en el futuro caerán en  manos de alguien que al menos le ponga el mismo interés y cariño que yo les pongo ahora. Contemplo las baldas y sus inquilinos y percibo que en ellos está parte de mi vida, y yo ya soy parte de ellos. Aquel libro que me regalaron en una fecha especial; el que yo compré en un viaje y en una ciudad concreta; una ansiada primera edición; el que encontré por casualidad en una librería perdida; una edición subrayada y anotada por un lector anónimo; un ejemplar con una cubierta especial; un libro dedicado por su autor, a mí o a otra persona.


Como ya he explicado en este mismo blog, fue uno de los muchos artículos que sobre bibliofilia tiene escritos el poeta y novelista Juan Bonilla lo que definitivamente me introdujo en ese mundo, algo que le comenté al propio escritor hace unos años: «ha sido culpa tuya». Me preguntó que qué me gustaba y le dije que todo: primeras ediciones, dedicados, raros, americana, ilustrados, cartas, literatura en lengua neerlandesa, los procedentes de las bibliotecas de escritores, elzevires y moretus (estos últimos mi debilidad)... «Entonces tienes un grave problema», me replicó, y así es, porque he perdido el control y tiendo a cierto canibalismo bibliófilo, y el lugar en donde conviven amenaza con devorarme (yo quería una casa para tener mis libros reunidos, y para nada más).


La bibliofilia hace disfrutar al que se adentra en su mundo, siendo posible el autoimponerse los límites (delimitados por el vil metal) y sin necesidad de buscar los impagables incunables y otras joyas encuadernadas. En mi caso «Los imposibles y ansiados» los registro en un cuaderno con cuya cubierta ya salivo nada más verla cual perro de Pavlov.



He recibido en las últimas semanas uno con el autógrafo del premio Nobel J. M. Coetzee y dos que pertenecieron al escritor neerlandés Joost Zwagerman, que se suicidó hace ahora dos años y cuya biblioteca ha acabado siendo tristemente desmantelada (aunque yo haya terminado «beneficiándome» de tal situación). Y me vuelvo a preguntar cuál será el destino de estos libros míos que he ido coleccionado con tanto esmero, y esos objetos que como centinelas los protegen y que la mayoría considera absurdos.






Al final los que coleccionamos libros estamos construyendo sin reparar mucho en ello una auténtica biblioteca de los muertos, que algún curioso como yo seguirá mis pasos.


domingo, 20 de agosto de 2017

EN VERANO TODAS LAS CIUDADES APESTAN, SEGÚN MENNO WIGMAN

En los últimos días de abril concluí la traducción de una antología poética del neerlandés Menno Wigman (Beverwijk, 1966) que vio la luz a comienzos del mes de junio. Este breve artículo llevaba meses preparado (y de hecho ya se usó en la web de la editorial), si bien opté en aquellos días en que lo conveniente era que se publicase ahora, cuando por suerte resta poco para que quede sepultado para siempre este verano de 2017 (que no hay sido de mis peores).  


Wigman es no sólo poeta, también traductor —nada menos que de Baudelaire, Thomas Bernhard, Rilke o Gérard de Nerval—, ensayista y editor de poesía, y está considerado el poeta más brillante de su generación en lengua neerlandesa. Sus influencias literarias transitan por el légamo de poetas de una trascendencia irrepetible: el oscuro romanticismo de E. A. Poe; el simbolismo del siglo XIX y los decadentistas Laforgue, Lorrain, y por supuesto Baudelaire; los poètes maudits  Verlaine, Rimbaud o Nerval; la temática de Rilke trasvasada al actual mundo postmoderno; o el elemento neerlandés que halla su remedio más inmediato en Hendrik Marsman y en la amargura y postromanticismo de Slauerhoff.  


Definido como «el dandy de la desilusión», en octubre de 2005 se recluyó durante tres meses en el centro psiquiátrico Willem Arntsz Hoeve de Den Dolder con el fin de plasmar sus propias vivencias, lo que daría lugar en 2007 a la publicación de un extraño e inusual diario de un poeta que además escribe y lee poemas para difuntos sin recursos ni familiares, acompañándolos incluso hasta el lugar de resposo. Wigman sitúa de forma estratégica y minuciosa cada palabra, buscando la conjunción entre la perfección sonora y la intensidad argumental para conseguir que el lector reviva situaciones que con total certeza él mismo ha sufrido, creándose una complicidad entre el lector y el propio poeta. 

Traducido al inglés, alemán y francés, el estilo de Wigman rebosa de un doloroso y agónico romanticismo de oscuros poemas y situaciones intensas y dramáticas, en donde invoca, cual espiritista, el alma de antiguos poetas en época vigente; Wigman es el nuevo maldito de las letras neerlandesas que ha llegado para ser recordado en el tiempo: un poeta de presente que vive pensando en el pasado y escribiendo para permanecer en el futuro. 


La justificación de no publicar antes este post y tener desatendido el blog era para confirmar —o quizá iluso esperaba que no fuese así— el título de esta antología, pero queda suficientemente confirmada: Menno tiene razón: en verano todas las ciudades apestan; pero no por el calor, ni por las ciudades en sí. Puede y espero que sea pasajero, pero mis últimos veranos están resultando inolvidables; sí, apestan, pero porque siempre hay gente dispuesta a corromperlos desde incluso antes de que comiencen. No sé si a alguien más le sucede algo parecido. Adiós meses malolientes, y eso que las bicicletas eran para el verano.     

Conozco la tristeza de las copisterías, 
de hombres huecos con periódicos amarillos, 
mujeres con gafas y notificaciones de cambio de domicilio, 

el aroma a papeles de cartas, extractos bancarios, 
formularios para los impuestos, contratos de alquiler, 
esa tinta de nada confirma que existimos.

[...]

M. W. 

viernes, 2 de junio de 2017

REVISTA EL CIERVO; YO EN EL ABISMO DEL OLVIDO

A principio de los años 90 del tan cercano pero ya pasado y viejo siglo XX, encontré en mi casa (o lo que es lo mismo, la de mis padres, que siempre será mi casa) algunos números de la revista cultural El Ciervo.


En especial recuerdo el de marzo de 1992, en cuyas páginas aparecía un cautivador artículo que me llamó poderosamente la atención puesto que profundizaba en la obra de Tolkien, precisamente cuando yo me hallaba en plena culminación de la impresionate y profunda lectura de El Señor de los Anillos, hecho que me produjo una huella indeleble que ha perdurado hasta estos días.  


Fueron innumerables las ocasiones en las que leí y disfruté el artículo sobre el autor británico, degustando las sugerentes ilustraciones que lo acompañaban. Pero aquel número (que aún conservo) contenía una sección titulada «Pliego de poesía», en donde encontré los poemas del entonces para mí desconocido Nicanor Parra, el antipoeta, y su famoso e impactante poema que en tantas ocasiones he releído: Considerad, muchachos,/ esta lengua roída por el cáncer:/ soy profesor en un liceo obscuro/ he perdido la voz haciendo clases. (Después de todo o nada/ hago cuarenta horas semanales). 
 
Y desde aquel momento mitifiqué la revista que había nacido en 1951 y cuyo símbolo era y es un ciervo, idea que surgió inspirándose en un salmo porque como se afirma desde la propia publicación «el ciervo es un animal simpático y huidizo, que busca las aguas frescas de las altas montañas. Igual que la revista, que busca las opiniones puras de mentes despejadas». Y ahora, 25 años después, aparece en su último número una selección de mis poemas en la citada sección a los que con acierto han titulado en su conjunto «En el abismo del olvido», dos conceptos que los asumo como propios, pero que también podrían haberse llamado «En el olvido del abismo», en esta existencia física que es eso: olvido y abismo.


Mi relación con El Ciervo dio comienzo con Tolkien y Nicanor Parra, sintiéndome desde entonces unido a ella en el plano ideológico; el círculo se abrió en marzo de 1992, y se cierra hoy con este «En el abismo del olvido» con el que han titulado el sentido de mi poética y tan bien han resumido mi propio yo (en ocasiones ajeno a mí) insertado en la poesía.

jueves, 4 de mayo de 2017

DE CÓMO CONOCÍ A MIGUEL NAVEROS

He llegado a la literatura, que para mí significa una 
forma de vivir, a través de la poesía. La palabra poética 
siempre ha sido la que me ha llegado más hondo.

A Miguel Naveros lo conocí personalmente hace muy poco, en febrero de 2014 y más concretamente en la Librería Zebras (Almería), aunque en realidad sabía de él y de su labor desde principios de los años 90. Aunque lo había visto en anteriores ocasiones y conocía su obra (habiendo leído mucho antes sus dos últimas novelas así como su poesía), aquel fortuito encuentro y primera charla estuvo revestida para mí de un significado especial.


Me causaba envidia y sobre todo admiración el leer aquello que rezaba su biografía y ya me sabía de memoria: «ha sido corresponsal en España de la agencia de prensa soviética Novosti, viajando con asiduidad por los países del Este antes de la caída del comunismo» (y no precisamente porque yo posea ninguna afinidad ideológica con el comunismo). Me lo imaginaba como una especie de Tintín, provisto de una gabardina color ocre, fumando en cada instante y tomando destartalados y viejos aviones de hélices, grabadora en mano para sus crónicas periodísticas. Como anécdota, en cierta ocasión, yo que había leído bastante sobre el régimen de Corea del Norte, le pregunté acerca de éste, y  Naveros me apuntó que el hermetismo del gobierno norcoreano sólo tenía comparación con la Albania comunista.. Para un joven de 15 años (que era mi edad cuando comencé a oír hablar de él), tenía todos los ingredientes para levantar mi admiración: escritor —y más en concreto poeta—, corresponsal de una agencia de noticias extranjera y fumador en pipa.

siempre queda un poema  
prendido del tiempo 
y de algún muro, 
como una gota anónima 
que se columpia 
en la sombrilla 
esquelética de una calle

[De Óxido en el cuerpo]

Era un personaje singular, pero curiosamente no se parecía mucho a los personajes que aparecían en sus novelas. Su cabeza estaba ausente de todo signo de pelo en su parte central y superior, cayéndole una cortina de cabello a ambos lados. Yo ya no lo conocí fumando ninguna de sus famosas pipas pues ya se había pasado a los cigarros, pero siempre lo vi con uno entre los dedos o en la boca cuando estrechaba la mano. Te lo encontrabas en los cafés cercanos a su casa, escribiendo con letra pequeña y casi ilegible, tomando cafés en tazas diminutas y con el bolsillo de la chaqueta (o camiseta de manga corta en verano) cargado de plumas y bolígrafos de todo tipo. Como último toque, su corbata, que fuese a conjunto o no con su indumentaria, ya estuviésemos en verano o invierno, o cayese un sol de justicia o por contra soplase un vendaval de viento desde el mar, ahí estaba su corbata, moviéndose de un lado al otro y como signo de distinción; contemplar a Naveros era como estar frente a Fernando Pessoa.


Pero detrás del personaje se encontraba un auténtico escritor y magnífico poeta, experto en literatura italiana y un excelente conversador que no perdía ocasión en charlar contigo, salpicando sus intervenciones de interesantes datos y suculentas anécdotas. Cuando presentó mi libro de relatos Cuentos macabros y de terror (aún recuerdo su risa al leer el microrrelato que incluía el libro) habló de nuestra común editorial (ahora Huerga & Fierro), de sus años en Madrid y la calle Embajadores o de mi «Highlands almeriense», y desde entonces comencé a acudir a todos aquellos eventos en los que él participaba, o bien me lo encontraba en aquel micromundo en el que se movía, que tenía como epicentro la Librería Zebras y los cafés adyacentes, envuelto en el susurro del mar (el magnetismo y anclaje que sentía hacia el sur y que tan bien reflejó en sus novelas); el mar sí, pero jamás la playa.

y estamos solos, 
en un palmo de tierra, 
cuando la noche llega

[De Óxido en el cuerpo]

A pesar de haber escrito muchas más páginas en prosa que en poesía, Miguel Naveros se sentía poeta por encima de todas sus facetas literarias, pero un poeta con una capacidad asombrosa para crear novelas sobresalientes de sólida estructura y cuyas correcciones se demoraban años hasta quedar concluidas.


En septiembre de 2016 apareció mi poemario Grecia: guía de viaje para antipoetas y soñadores. Mi intención, incluso antes de que éste se publicase ni saber cuándo se publicaría, era que Miguel me acompañase, cuando estuviese completamente recuperado, en la presentación del mismo, tal y como informé a la editorial, aunque nunca lo hice al propio Miguel. Ahora siento la pena de no haberle entregado una copia del libro que tenía firmada y dedicada desde finales del año anterior.

© Isabel Ausejo
Con la marcha de Naveros la pérdida no es sólo una, sino múltiple e irreparable desde diversos ámbitos, comenzando por el humano. Sería un justo tributo crear un premio literario con su nombre, y que se le siguiesen haciendo homenajes año tras año, pues lo merece, pero que nadie se olvide que el mejor homenaje que se le puede rendir a un escritor es seguir leyendo su obra para que ésta, y él mismo, sigan latiendo. Hasta siempre, Miguel: fue un lujo haberte conocido.

 

lunes, 27 de marzo de 2017

ROBINSON JEFFERS Y LA BELLEZA DE LA BATALLA PERDIDA

ROBINSON JEFFERS  
(1887-1962)


DISTANT RAINFALL


Like mourning women veiled to the feet
Tall slender rainstorms walk slowly against gray cloud along the far verge.
The ocean is green where the river empties,
Dull gray between the points of the headlands, purple where the women walk.
What do they want? Whom are they mourning?
What hero's dust in the urn between the two hands hidden in the veil?
Titaness after Titaness proudly
Bearing her tender magnificent sorrow at her heart, the lost battle's beauty.




PRECIPITACIÓN LEJANA


Como plañideras enlutadas hasta los pies
Altas tormentas esbeltas caminando lentamente contra la gris nube por el borde lejano.
El océano es verde donde el río se vacía,
Gris mate entre los puntos de los promontorios, morados por donde caminan las mujeres.
¿Qué quieren? ¿A quién le rinden luto?
¿Qué polvo de héroe en la urna entre las dos manos ocultas en el velo?
Un Titán tras otro soportando
Con orgullo en su corazón su tierna y magnífica tristeza, la belleza de la batalla perdida.


El último cantor de Walt Whitman. Poesía esencial de Robinson Jeffers. (Edición bilingüe). Huerga & Fierro editores, Madrid. 2016.